Preparativos, nervios y despedidas

Preparativos, nervios y despedidas

Parece un sueño. La fecha que había dibujado en una cartulina, colgada en el salón de casa desde hacía un año, se ha hecho realidad, 7 de abril. El tiempo para los preparativos ha sido escaso y hasta el último momento tengo la sensación de que me dejo algo. -Salgo y ya está-, me digo. Ya habrá tiempo de reajustar la logística. Lo importante lo llevo, el resto, sobre la marcha.

En la plaza del Firal de Olot me esperan algunos amigos y conocidos que durante estos cuatros años olotíns me han visto pedalear cada día por la ciudad. Está bien. No espero ni quiero multitudes. Aún así estoy nervioso. Lo dejo todo: el confort, la seguridad de un techo, el trabajo, el plato encima de la mesa, el agua corriente. A partir de ahora toda mi vida está encima de esa bicicleta. Abrazos, fotos, risas. El día es soleado. Todo acompaña.

Todo va en progresión. Los primeros días el cuerpo sufre. Las piernas todavía no saben de qué va la película. No es lo mismo pedalear por la ciudad parando en cada semáforo y en cada punto de reparto, que pedalear cuatro o horas o más sin parar y sin soporte eléctrico. El primer día el estómago se gira y a las tres horas vomito lo poco había ingerido, un plátano y el bocata de Pilar; con lo bueno que estaba. El segundo día no alargo mucho la jornada, apenas cuarenta kilómetros, para dar tiempo a las piernas a recuperar, aunque el hecho de subir y subir no ayuda mucho a la adaptación. Es a partir del cuarto día cuando siento que las piernas responden mejor y empiezo a alargar más las jornadas. Me obligo a probarlo todo. El primer día camping, el segundo warmshowers, experimento las primeras acampadas libres, un hostal, y a partir de Jaca, albergues del Camino de Santiago. Compruebo lo que ya sabía, cuanto más bajo es el presupuesto, más alta es la intensidad del viaje.

– Qué quiere que le dé al mundo,- pregunto al padre Marino en la parroquia de la iglesia de Santiago mientras relleno la credencial.
– Date a ti mismo.

Han sido diez días de travesía hasta Vitoria-Gasteiz, la única frontera que he cruzado es la frontera de la seguridad y la estabilidad, aún así ya he podido sentir la soledad de la noche, la incerteza diaria de dónde dormiré o qué camino tomaré, la capacidad de improvisar, la magia que eso genera y el placer de sorprenderme cada día. Si esto es así, no me imagino cómo será cuando en breve cruce la frontera geográfica de los Pirineros, dirección Asia. Tengo unos días para acabar de reajustar lo que llevo, liberarme de cosas que sobran e incorporar alguna nueva.

Con la bicicleta estoy super contento, esta bici modelo OLOVBIKE de @Koos es una maravilla. La he metido por todo tipo de terrenos, caminos pedregosos de subida, de bajada, caminos de tierra, asfalto, gravilla… y la encuentro super estable y robusta. Todavía no tiene nombre. Prefiero que surja como hacían las antiguas tribus, y esperar que una señal, una experiencia, un encuentro importante, lo decida.

El viaje continúa, la vida sigue.

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