La Frontera

La Frontera

Esa barrera que tanto miedo nos da y que una vez la has cruzado piensas, -pues no era para tanto-, pero hasta que no das el paso, amigo, es un tocho enorme. La primera frontera ya la he pasado, la de dejar TODO lo anterior y lo escribo con mayúsculas porque son muchas cosas las que se han quedado atrás.

Desde Cataluña a Vitoria han sido unos días dentro de un entorno que más o menos podía controlar fácilmente. Conozco el idioma, las costumbres e incluso algunos de los pueblos y ciudades de la ruta. Quiera o no, sigo cerca de amigos y familiares. Han sido unos días estupendos para probar el material, adaptarme a la bicicleta, al peso y a la incertidumbre diaria de necesidades básicas como techo, dormir y comer, pero sé que me queda otra frontera importante por cruzar. No se trata tanto de una frontera geográfica sino mental.

El día 1 de mayo me despedía en Vitoria, de la familia y amigos, con primera etapa en Pamplona para despedirme allí de Agustín, salesiano que fue profesor en mi época de estudiante y amigo también de Álvaro Neil el biciclown. De Pamplona llegaba a Urnieta, donde me esperaba Juanma, otro salesiano compañero de Agustín. Dos días de ruta y dos colegios salesianos. Hasta aquí era como seguir en casa.

El día siguiente era el día pensado para cruzar la frontera geográfica y es ahí donde la mente te pone a prueba con sus pensamientos maquiavélicos. ¡Va, quédate hoy en Donosti,  ya pasarás mañana que habrá menos tráfico! Son los recursos de supervivencia que construye la mente para no alejarte de lo que ella considera un entorno seguro y estable. ¡No puedo retrasarlo más!, pensé, y aunque la ruta de salida no era de fácil acceso, por el exceso de tráfico y la falta de vías amigables, la brújula marcaba el Norte, dirección Francia.

Y lo logré, casi ni me entero. Fue tras pasar un puente de piedra, un puente cualquiera, cuando miré hacia un lado y un cartel luminoso indicaba “LE PHARMACE”.  La mente se volvió loca. Duda, inseguridad y preocupación fueron lo primero, después vinieron la alegría y la emoción por haber dado el paso.  ¡Bon jour!, me saluda un hombre cuando recién paro a respirar. ¡Bon youg, mesié!, respondo levantando la mano. -Pues es verdad, tampoco era para tanto-

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