Ci vediamo, Nos vemos

Ferrara, ciudad de bicicletas

Ci vediamo, Nos vemos

En el albergue parroquial de Estella por el que pasé en abril del 2019, en mi ruta de Olot a Vitoria, conocí a Maurizio y a su encantadora mujer, ambos dos peregrinando a pie hacia Santiago de Compostela. “Se tu parle piano io capisco tutto”, les decía yo cada vez que se aceleraban al hablar. Ya a la noche después de una larga tertulia …

– Bona notte, ci vediamo,- digo mientras voy camino de mi habitación.

A lo que Maurizio responde con un…

Ci Vediamo, e se non çi vediamo…, una pausa nos mantiene a todos expectantes, …accendiamo la luce”.

Me reí un montón con esa frase sencilla y divertida, ya ves, desde entonces, aquí en Italia, cuando surge la oportunidad la dejo salir para arrancar una sonrisa y ganar unos puntos de confianza en la gente. A veces lo consigo y a veces no, es cuestión de práctica; encontrar el momento adecuado, sin forzar, suavemente, acariciando el niño interior del adulto que tengo delante y atravesar esa coraza de seriedad y formalismos fabricada a base de prejuicios. Un arte que requiere sobre todo de humildad y respeto. Y cuando el resultado es una sonrisa sé que he ganado.

Pasado Niza, la ciudad más conocida por sus aguas azules, finiquito ya los últimos kilómetros de Francia mirando de reojo los rascacielos de Mónaco, para entrar a Italia por la costa. Al menos en esta ocasión puedo apreciar el cambio de país, no tanto por el desgastado cartel azul comido por el sol clavado a un lado de la carretera, donde apenas se distinguen las letras de ITALIA, sino por la llegada al primer pueblecito que me topo después de la frontera, Ventimiglia; Caos circulatorio, cláxones, mucho ruido y parloteo alegre y cantarín. En la cafetería de la esquina, junto al puente que atraviesa el rio me tomo mi primer café del país, tanto para celebrar la nueva entrada, como para confirmar si es cierta la buena fama del café italiano. Y está bueno, pero ¡qué tacita tan pequeña, joer!, luego me di cuenta de que aquí eso es normal, nadie se toma el tanque de café que me suelo tomar yo por las mañanas.

La costa italiana me dura poco, demasiado turístico y precios imposibles, al día siguiente me despido del azul marino hacia el verde bosque atravesando las montañas prealpinas por la ruta Eurovelo 8 rumbo a Turín. Y es que no puedo estar más a gusto en la montaña, a pesar de que hay días que el cuentakilómetros no pasa de los 8 km/h y que recorrer 35 km me lleva entre cinco o seis horas, luego de acampar, me doy una ducha, ceno y mientras observo las montañas teñirse con los últimos rayos de sol, miro al cielo y digo, GRAZIE MUNDO, CI VEDIAMO…

A pesar de la conducción loca que se vive en las carreteras italianas, que el arcén es un espejismo y que el metro y medio de seguridad con el ciclista sólo lo practican unos pocos, lo mejor de Italia es la gente. Ya el primer día no podía acabar mejor; una pareja italiano-española me rescatan de mi aposento nocturno, en un pequeño banco de un parque junto al paseo marítimo. No sólo me invitan a cenar una pizza y un vino en un restaurante, sino también a dormir en su casa. Desde entonces, en mi ruta por Italia nunca me han faltado la hospitalidad y la simpatía de su gente. Fuera de Italia me he encontrado opiniones negativas sobre los italianos. Como suele pasar, la historia tiene su peso en todo esto, por eso siempre les digo lo mismo, vé y cuéntalo !!, porque a mí han tratado benissimo. Es cierto que se respira un aire de crispación político y social, hay mucha burocracia, un sobrecontrol exagerado y muchas normas. Tres tipos de policía: la local, los caravinieri y la de finanzas, eso añadido a unos impuestos de escándalo que no demuestran un impacto positivo en la sociedad. Como siempre, hay opiniones para todo, pero sigamos con el viaje.

En Turín comienzo la Via Francígena de la que tanto me han hablado, de la cual hablo en un artículo a parte que puedes leer aquí VIE FRANCIGENE. En Lucca me veo obligado a tomar un tren a Bastia Umbra, por una sobrecarga en el gemelo, a casa de mis amigos Alba y Rafel que hacía días que me esperaban. Allí dejo a Minerva y me tomo unos días de vacaciones con Montse y mi hija Emma que vienen desde Barcelona a verme y pasamos unos días muy lindos visitando Florencia y Siena. Un parón necesario para cargar pilas y para que el gemelote se recupere al cien por cien.  Una semana después, vuelta a la aventura que ya la echaba en falta.

Desde Bastia Umbra, atravesando La Toscana de Citta del Castello, San Sepulcro y Bagno di Romagna, por caminos rurales poco transitados y rodeados de bosques, bajo hacia la planura Veneciana, lo cual supone un relajo para mis piernas, machacadas de tanto subir y bajar por los Apeninos. Tal es así, que mi gemelo derecho vuelve a recaer con otra sobrecarga que me obliga a descansar un día entero en I dueLagui y dos más en la ciudad de Ferrara, conocida como la ciudad de las bicicletas. Me enamoro de esa ciudad donde las bicicletas son las protagonistas, muchas de ellas bicicletas antiguas restauradas, una belleza para los que creemos en ciudades sostenibles y más humanas. A partir de aquí mi hospedaje habitual son el Colegio Salesiano de Migliano Venetto, parroquias, algún que otro parque público y finalmente el camping de Eritrea.

Lo bueno de Italia y la provincia Veneciana en particular es que existe toda una red ciclable bien conectada y señalizada, que circula entre canales y caminos rurales, casi sin tocar apenas una carretera principal. En la web biketalia.it se encuentra toda la información sobre las rutas ciclistas del país.

Y ya en Monfalcone atrás queda la bella Italia, rumbo a Eslovenia, recordando personas como Mauro, que me dio diez euros para una pizza y una cerveza, Jan Piero que me guió en la ruta hasta Bellaaqua, Abdí responsable del Camping Il Melo, que hizo una pizza casera para mí, a Maximiliano que en el centro social de Turín (Torino) me regaló su brújula y un montón de latas de atún, al padre Don Paulo que me dio un techo en el oratorio de la parroquia de Crescentino, o Don Hugo en la parroquia San Rocco en Ravenna, a Luigi por esa cerveza enorme en Loro Litta, a Gianni que me invitó a comer en Lucca, a Alba y Rafael que me acogieron en su casa durante una semana, Don Marco de la parroquia San Giacomo, al señor Stanis de I due laqui, a Don Rafael y Don Jean de los colegios salesianos de Torino y Migliano Venetto, a Don Ángelo de la parroquia de Erelea… A ellos y tantos otros que ya forman parte de mi diario de viaje.

GRÀCIE MILE, CI VEDIAMO E SE NO CI VEDIAMO…

I due lagui, Los dos lagos
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Correo en Ferrara
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Via ciclable por Venecia
Siena, Italia
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