TÚ DECIDES

Tú decides

TÚ DECIDES

Mucho se habla de la magia de creer. De que uno crea lo que cree. De que esa magia existe y siempre ha existido. Ahora incluso se ha demostrado científicamente, eso que tantos sabios ya enseñaban hace siglos. Desafortunadamente pocos hacen caso de esta magia al alcance de todos, tal vez porque no se enseña en ninguna escuela, tal vez porque el sistema se encarga de distraernos con otras creencias, tal vez porque incluso sabiéndolo, no acabas de creértelo del todo.

Un año antes de mi fecha de salida hacia el mundo, dibujé en una cartulina todo eso que quería. Fui bastante preciso. Una fecha. Un sol. Mi cara sonriente. La bicicleta, tal como la imaginaba, incluso con detalles específicos: sillín Brooks y cubiertas Schwalbe. Colgué esa cartulina en la pared de mi apartamento de 35 metros cuadrados, de manera que la veía al levantarme por la mañana mientras se hacía el café y mientras realizaba estiramientos después de una jornada de reparto en bicicleta. A la noche, antes de dormirme, justo en ese minuto que la vigilia concede antes de entrar en sueño profundo, proyectaba en mi mente, todos los días la misma película; me veía encima de la bicicleta, agarrando el manillar de mariposa, sonriente, pedaleando por un camino de tierra de horizonte infinito, sintiendo el roce del aire en la cara. Y así, feliz, soñaba.

En noviembre del 2019 me encontraba en Turquía, saliendo de un pueblito llamado Zara, que nada tenía que ver con la marca de ropa, por un camino de tierra que subía en ligera pendiente. Al llegar arriba el camino continuaba en llano para después bajar de nuevo. Justo arriba, me tuve parar. Aquella película que tantas veces había proyectado en mis sueños, se estrenaba con absoluta precisión. Quizás ya se había emitido también en el resto de países que llevaba visitados, pero fui consciente justo en aquel instante de la exactitud del guión.

Y esa no era mi primera película. Creo que hace más de diez años que escribo guiones y dirijo cortometrajes, pero quizás el más intenso, ese en el que yo no era el actor protagonista y en el que más horas invertí, fue cuando mi padre estuvo al borde de la muerte por un aneurisma. Lo visité en el hospital varias veces, y a parte de los ánimos que le pude dar, pensé que sería bueno rodar un corto, que creí mejor en varios capítulos. En el primero visualizaba a mi padre caminando por el hospital con esa bata azul típica de hospital, sí, de esas en las que asomas el trasero. Realmente este capítulo costó mucho porque mi aitá había perdido toda la musculatura y por tanto toda la movilidad. Cuando ese capitulo se estrenó con éxito, empecé con el guión del segundo. En este, el guión ponía a mi padre en casa, sentado en su silla de la cocina, leyendo el periódico y resolviendo sudokus. Cuando este se estrenó casi después de un año, pensé que el corto debía finalizar por todo lo alto, y en el tercer capítulo mi padre aparecía paseando por Vitoria, con su palo de trekking, y tomándonos juntos un vino en la terraza del Calipso. Él no lo sabe, pero el día del estreno, lloré. En esta trilogía mi padre fue un actor de Óscar, un guerrero con una fuerza vital envidiable. Y ni que decir del resto del reparto: mis hermanos, mi amá y tantos actores adjuntos, que interpretaron su papel a la perfección con improvisaciones dignas de un Robert De Niro. Un peliculón del que siempre me gusta creer que la magia del guión ayudó a que tanto el protagonista como todos los actores y actrices se lucieran.

Esa magia, también la tienes tú. No la desperdicies. Úsala. Tú decides.

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