Cálida acogida en Georgia

Cálida acogida en Georgia

El 8 de marzo del 2020 entro en Georgia por la frontera turca de Posof. Feliz de encontrarme en un nuevo país del que además me han hablado maravillas. Apenas hay tráfico en el paso fronterizo. En el lado turco me hago unas fotos con los policías y me despido entre bromas de este país que tan bien me ha tratado. En en lado georgiano, en cambio, el ambiente no es tan dicharachero. Una mujer con un traje aeroespacial me toma la temperatura en una cabina acondicionada para la ocasión. Doy negativo. Mi temperatura corporal debe estar por debajo de 36 grados. Lo intuyo. Aunque tuviera el bicho, con el frío helador que traigo de Turquía, seguro que el termómetro en forma de pistola, también aeroespacial, que apunta mi frente, habrá marcado una cifra fuera de lo común. Eso me hace sospechoso, sí, pero no de Covid, sino de haber comido poco.

Nada más cruzar la frontera, ya me sobra la mitad de la ropa que llevo puesta. El color verde es el auténtico protagonista del paisaje. Es como pasar de manejar por un océano de un blanco reluciente y cegador por la exposición de sol sobre la nieve, a frotarme los ojos y de repente toparme en un inmenso jardín. Ni el mejor mago del mundo podría superar este truco de magia de tan grandes proporciones.

Tenía previsto hacer una pausa en Georgia para acabar de escribir y revisar el libro en el que llevo trabajando desde enero. Y parece que me hubieran leído el pensamiento: justo una semana después de hospedarme en un hotel familiar de Ajaltsije,  estoy obligado a parar: el gobierno declara el estado de alerta por pandemia del COVID NINETEEN, y con ello la obligación de buscar un refugio donde echar el freno por un tiempo.

Todos los servicios de alojamiento están obligados a cerrar. Y abandono el hotel decidido a probar suerte y fluir con la magia del viajero. Después de dar unas cuantas vueltas por esta ciudad de no más de 20000 habitantes, valoro intentarlo por el barrio judío que queda junto al Castillo de Rabati. Toco la puerta de una Ghest house cuya fachada es toda de madera y que me transmite buenas vibraciones. Pero un chico con unos guantes de plástico rosas manchados de un negro cloaca, me atiende para anunciarme que está cerrado por problemas con las tuberías del desagüe. Entiendo. “No tendrá que ser”, pienso. Y prosigo mi exploración por las empinadas calles del barrio.

Las casas son cada una de su padre y de su madre. Nunca mejor dicho, porque son construidas por ellos mismos; pasito a pasito; ladrillo a ladrillo; sin una estética común, lejos de cualquier plan urbanístico. Me siento observado. Las miradas de la gente llevan un mensaje claro: ¿De dónde vendrá este turista? ¿Qué demonios hace aquí? ¿Qué busca?

No veo ningún indicio de posible alojamiento, así que me dispongo a dar la vuelta con la intención de continuar ruta hacia Tbilisi (capital del país) cuando un hombre que justo salía de su casa, me ve y me dirige unas palabras en un idioma imposible. Por el tono de voz, pero sobre todo por sus gestos deduzco que me pregunta qué estoy buscando y qué demonios hago aquí. Con gestos le explico mi intención: un lugar donde alojarme. Esto siempre lo arreglo dibujando un tejado con las manos. Y a posteriori junto las palmas y apoyo mi cabeza sobre ellas a modo de almohada. No falla. Casa y dormir.

Y ahí es donde entra en juego la magia. Gregor, que así se llama mi ángel, y su familia, todos de origen armenio, me ceden una habitación externa a su casa para poder quedarme durante el tiempo que dure la cuarentena. —No alojo a cualquiera, Booking nou —me advierte Gregor en ruso con intento inglés, —Solo a la gente que me cae bien. —Por lo visto le he transmitido buena onda. —No problém, No problem. —repite todo el rato. —lo vi en tus ojos. —Me declaró tiempo después. Esa es la versión de Gregor, aunque yo creo que fue la bicicleta la que le guiñó el ojo.

Como dice “Heinz Stucke” en sus memorias: “la bicicleta es mi mejor pasaporte”. Y me atrevo a decir que no conozco a ningún cicloviajero que transmita malas vibraciones.

Así fue como me acogió la pandemia en Georgia. ¿Bueno?, ¿malo?, todo es relativo. Juzgar si algo es bueno o malo es precipitado e inútil. Etiquetar algo como bueno o malo condiciona mis decisiones. A veces no es fácil. Nos han educado para clasificar todo en estas dos categorías. Para mí es más práctico aceptarlo, aprender y actuar en la medida que sea posible, aplicando la solución que mejor se adapte a las circunstancias, y no dejarse llevar por el enfado o la ira.

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